La Paz es el camino

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Artículo publicado en el LEVANTE – EMV el día 29/01/2018.

Dedicado a Vicent Martinez Guzmán – Director Honorífico de la Cátedra UNESCO de Filosofía para la Paz (UJI)

El Día Escolar de la No Violencia y la Paz, reconocido por la UNESCO en 1993, se celebra mañana 30 de enero. En esa misma fecha de 1948 Mahatma Gandhi, abogado y pacifista, fue asesinado en Nueva Delhi, India. Para conmemorar su legado se recuerda en ese día la necesidad de educar en la tolerancia, en la solidaridad, en los Derechos Humanos, en la no-violencia y en la paz. Su figura recibió reconocimiento internacional al lograr que en 1947 la India se independizara de forma pacífica del colonialismo británico, demostrando así el poder de la no violencia. El Mahatma creía que la paz ha de realizarse por medio de la educación. Decía que una reforma educativa de esa índole no podía hacerse de manera precipitada y que el paso previo era establecer una atmósfera de respeto mutuo y de sinceridad, junto con una renovación interior que desarrollara un nuevo orden de vida para beneficio universal. Cuando le criticaban que la ahimsa o no violencia no podía enseñarse a las masas, él afirmaba que eso era un grosero autoengaño pues si la humanidad no fuera de forma habitual no violenta, ya se hubiera destruido a sí misma hace mucho tiempo. Consideraba que entre las fuerzas de la violencia y de la no violencia, al final siempre triunfaban las últimas porque para él la no violencia no era solo una virtud personal sino también una virtud social y por ello pedía una ampliación de ésta a mayor escala, a nivel no sólo nacional sino también internacional.

En realidad el debate sobre la paz se inició a principios del siglo pasado, cuando en 1932 la Sociedad de Naciones le encargó a Einstein que recogiera la opinión de algunas personalidades de aquella época, preguntándoles si creían que la paz era posible. Cuando le llegó el turno a Freud, su respuesta fue pesimista y premonitoria porque un año después llegaría al poder el nazismo en Alemania. Freud, que se declaraba pacifista y que consideraba que la guerra le es insoportable al ser humano civilizado, respondió que para que la paz fuera posible habría que tener paciencia y esperar a que el género humano madurara. Para explicarlo recurría a las dos pulsiones contrapuestas que existen en nosotros, una es nuestra tendencia a conservar y a unir (Eros) y otra a destruir y matar (Thanatos), una se conoce como instinto de vida y otra como instinto de muerte. En otras palabras, amor y odio que son fuerzas antagónicas pero a la vez complementarias.

Esa polaridad psicológica es bastante similar al fenómeno de la atracción y la repulsión entre dos fuerzas opuestas como explica la física. En este sentido, los motivos que nos impulsan a actuar suelen ser una combinación de autoconservación y destrucción, y cuando los seres humanos son incitados a la guerra se da en ellos una combinación de motivos nobles y primitivos. Ese placer de agredir y destruir explica la atrocidad de muchos sucesos históricos. Así, gran parte de la pulsión de muerte que emerge como agresividad, no es más que una exteriorización del instinto de muerte. Sin embargo existe también una parte de esa misma pulsión mortal que es controlada e interiorizada por el sujeto. Con ello Freud quería decir que el psiquismo humano es capaz de controlar esas fuerzas autodestructivas pero que ese instinto agresivo no puede eliminarse del todo, ni puede combatirse frontalmente, sino que ha de ser rebajado y reducido desarrollando todo tipo de lazos afectivos entre los seres humanos. Por este motivo, consideraba que la guerra sólo podría ser combatida enfatizando las exigencias éticas propias de la pulsión de vida o proponiendo modelos positivos de identificación social como la solidaridad. Es más, mientras que la guerra es algo natural a la vida entendida en términos biológicos, no lo es para el ser humano civilizado alejado del instinto animal. La civilización supone precisamente una restricción de las pulsiones y en este sentido el ser humano civilizado, que es intrínsecamente diverso del bárbaro, rechaza la guerra y la considera una de las mayores calamidades y penalidades de la humanidad.

Ahora bien, en el siglo pasado después de la Segunda Guerra Mundial, la investigación sobre la paz se estancó y quedó vinculada al estudio sobre la guerra. En aquellos años se analizaban las causas de las guerras para evitarlas, en vez de potenciar la capacidad de los seres humanos para vivir en paz. Desde este enfoque la paz se entendía como paz negativa, es decir, como no guerra, como absentia belli o ausencia de la guerra. Se pensaba de este modo porque era la época del desarme y de la guerra fría y se trataba de evitar la violencia directa y los conflictos armados.

Paradójicamente dentro de ese ambiente de paz negativa, de aprender lo que no es paz , aparecieron los primeros estudios para aprender lo que era la paz positiva. Esa fue la orientación que a partir de los años cincuenta tomaron las investigaciones sobre la paz y que culminaría con la creación del Peace Research Institute de Oslo (PRIO) en 1959 y del International Peace Research Association (IPRA) en 1963.

Fue Johan Galtung, el creador del PRIO, quien diferenció entre paz negativa como alternativa a la violencia directa y paz positiva como alternativa a la violencia estructural. Por primera vez se distinguía con claridad la violencia directa o agresión física de la violencia estructural o sistémica. La idea clave es que no podemos decir que vivimos en paz porque no estemos dentro de un conflicto armado, sino porque existen miles de seres humanos que no pueden satisfacer las necesidades básicas de supervivencia, bienestar, identidad y libertad. No puede haber paz si unos pocos acumulan cosas que no necesitan y que son desperdiciadas, mientras otros millones de personas mueren de hambre. De este modo la paz positiva supone medidas educativas y políticas en pro del desarrollo, la equidad y la justicia de aquellas minorías y grupos humanos que sufren violencia y discriminación estructural. Cuando se comprende que la paz no es lo contrario de la guerra, sino la armonía del ser humano consigo mismo, con los demás y con la naturaleza, se comienza a construirla.

Aún así, hay quienes consideran que el pacifismo es un sueño o un castillo en el aire que se desmorona con facilidad. Piensan de esta manera porque creen que la paz positiva es una utopía y no un proceso. De hecho, al entender la paz positiva como una utopía, término que acuñó Thomas Moro para referirse a una isla imaginaria que no existía en ningún lugar, opinan que es algo irrealizable y que toda energía en esa dirección es inútil. Con ello olvidan que las utopías sirven para guiarnos y orientarnos hacia dónde queremos caminar. Lo recordó a principios del siglo XX Ernest Bloch, quien recuperó la importancia del rol crítico e impulsor de las utopías para contestar las injusticias y proyectar un nuevo futuro. La utopía pues no es sinónimo de quimera sino de meta hacia donde queremos dirigir nuestros esfuerzos colectivos. Guerras y genocidios se han dado siempre a lo largo de la Historia, pero el modo cómo se reacciona ante ellas marca la diferencia entre una época histórica u otra. Aprender a convivir, a no declarar hostilidades, a no ser insensibles ante el dolor ajeno, a no admitir las desigualdades de género, a desarrollar la empatía y a saber mediar ante los conflictos, son algunos de los objetivos de la cultura de paz y no-violencia que debe acoger la escuela. La paz es un proceso en el que política y educación deben confluir y lo es porque la convivencia pacífica, como dijo Gandhi, no cae repentinamente del cielo en una hermosa mañana sino que ha de ser construida ladrillo a ladrillo, día a día, mediante el autoesfuerzo conjunto. No hay caminos para la paz, la paz es el camino y por eso mismo no importa si son muchos quienes en política se declaran pacifistas sino si realmente están convencidos.