No es lo que parece

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Artículo publicado en el LEVANTE – EMV el día 13/02/2019.

Es irremediable, mires por donde mires los escaparates y los anuncios adoptan un toque kitsch acorde con el catorce de febrero y la celebración de San Valentín. Ocurre que unas semanas antes, la publicidad concentra sus mensajes para recordarnos un tipo de amor pasional que se conoce como Eros. Se trata de un tipo de motivación que nace de la carencia y del deseo de poseer a quien se ama para dejar de sentirse incompleto. El amor así entendido se remonta al mito de los andróginos que cuenta Aristófanes y que recoge Platón en El Banquete. A ese relato de dos mitades que fueron separadas y que se buscan desde entonces, se debe la creencia en un alma gemela o media naranja que hay que encontrar para recuperar la plenitud perdida. De este modo se ensalza el mito del amor, tal como habitualmente se habla de él, en medio de una realidad cada vez más ficcionalizada. Un mito que ha hecho que se entiendan los celos como una demostración de amor y que asimila el control sobre el cuerpo y los actos de las mujeres como parte necesaria de la masculinidad sexual que hegemónicamente ha impuesto las reglas en la relación amorosa. Un mito que, cuando se instala el desamor, provoca la conocida violencia de género por la que el varón agrede a la mujer ya que la considera de su propiedad y no quiere que deje de serlo. No es casual que esta fecha que conmemora a Cupido, se acompañe de picos de violencia contra aquellas mujeres que quieren terminar con una relación tóxica, según el término acuñado por la psicológa Lilian Glass, y que desean abandonar la autoridad masculina para convertirse en protagonistas de sus propias vidas. En otras palabras, como hubiera dicho la filósofa Simone de Beauvoir, contra aquellas mujeres que han decidido dejar de ser Alteridad para convertirse en Sujeto.

De hecho la construcción sociocultural del amor romántico puede acabar en tragedia. En ese sentimiento, intenso y absoluto, que es el enamoramiento, se genera una dependencia emocional donde uno de sus componentes se anula en el otro. Tradicionalmente han sido las mujeres a quienes la socialización de género ha educado para satisfacer los deseos del varón y se les ha enseñado a interiorizar que su ocupación principal son las tareas domésticas y de cuidado. En ese contexto se delinean los roles clásicos de género que impulsan una dinámica amorosa según el modelo de sexualidad heteronormativa en la que la virilidad se identifica con el mandato patriarcal que lleva a los varones a sentirse legitimados para controlar a las mujeres, pelearse por ellas, hacer transacciones con ellas y usarlas a su conveniencia. Todo ello alimenta unas serie de fantasías amorosas que equivocadamente hacen pasar por amor lo que no es y de este modo el papel del amante viril se identifica con la idea de dominio y control más que con la de afecto y cuidado.

Paradójicamente es por amor que las mujeres aprenden a someterse y los varones a exigir o a esperar todo tipo de servicio doméstico, social y sexual. De este tipo de masculinidad hegemónica se deriva una violencia relacional y de género que se manifiesta en forma de maltrato físico, psicológico y social hacia las mujeres. Ese modelo de virilidad propenso a sentir celos y a justificar el control que ejerce sobre su pareja, conminándole al aislamiento bajo la excusa de la pasión, debe de ser deconstruído para que deje de ser asociado erróneamente con el amor. Para esta tarea se precisa una educación afectiva en la igualdad capaz de deserotizar el modelo de masculinidad del chulo y del castigador que aún resulta tan atrayente entre jóvenes. Al respecto, la voz de alerta se dió en 2013, año en el que se conocieron los primeros datos de la Memoria de la Fiscalía General del Estado que recogía el aumento de los procesos judiciales por violencia de género entre adolescentes . Se trata de víctimas del machismo con apenas quince años. Son jóvenes que, según la filósofa Amelia Valcárcel, reproducen una lógica amorosa en la que la Ley del Agrado las vuelve sumisas porque quieren ante todo gustar y fían a tal precepto su éxito vital y hasta profesional. Jóvenes que cuando se enamoran están dispuestas a todo tipo de renuncia con tal de aplacar los celos de su pareja para no dejar de sentirse queridas. Estas jóvenes juegan con fuego porque terminan alienándose y entregándose a su media naranja, convirtiéndose en el complemento del rol masculino clásico en el que los términos de la relación los pone siempre el varón. Por eso, hoy que se habla de nuevas masculinidades, no está de más recordar el trabajo educativo que debe dirigirse también hacia las jóvenes para que dejen de sentirse atraídas por un modelo de virilidad tóxica que puede ponerlas en riesgo de sufrir violencia de género. En suma, en estas fechas en las que Eros parece rondar el imaginario social con las flechas de Cupido, hay que cuidar que éstas, si nos alcanzan, no nos maten y no nos hagan tomar por amor lo que no es.

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