Artículo publicado en el LEVANTE – EMV el 7 de junio de 2026

Mentxuwiki, CC BY-SA 4.0 https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0, via Wikimedia Commons
El mismo año en el que se conmemora el centenario del Lyceum Club Femenino, se ha reunido en Madrid la V Conferencia ministerial de Política Exterior Feminista. Dada esta coincidencia, no está de más recordar que aquellas mujeres que en 1926 junto a María Maeztu fundaron el Lyceum Club, impulsaron también la creación de la Liga Femenina por la Paz y la Libertad (LFEP). Preocupadas por la inestabilidad que la Gran Guerra había provocado, se sumaron a favor de la Sociedad de Naciones, organismo internacional precursor de la ONU, con capacidad para dirimir los conflictos entre países. Isabel Oyarzábal Smith presidió la LFEP y formó parte de la Delegación Gubernamental española en la SdN. Tanto ella como Clara Campoamor son las feministas pacifistas españolas más conocidas de la primera mitad del siglo pasado. Hubo más, claro está, pero sus nombres quedaron en el olvido hasta que fueron rescatadas por investigadoras como Sandra Blasco y Carmen Magallón. Una labor encomiable que ha destapado toda una genealogía de constructoras de paz que trataron de encontrar nuevos métodos para erradicar el belicismo y el militarismo de los gobiernos.
Desde el Congreso Internacional celebrado en la Haya en 1915 y la fundación ese mismo año de la Women´s International League for Peace and Freedom (WILPF), las mujeres han defendido la paz. Sin embargo, la épica bélica sigue dominando la geopolítica y dejando atrás la mediación femenina para llegar a acuerdos entre países enfrentados. Hoy resulta obvio que el poder se perpetua en masculino y que continúa sin apreciarse el valor de la vida humana tal como hacen las mujeres que la dan y la cuidan. Y esto ocurre en un momento en el que las aspiraciones a cambios colectivos pasan por narrativas de odio y discursos de miedo con los que se intenta justificar ideologías discriminatorias y vejatorias. Así que, volviendo al presente, la cuestión clave reside en una diplomacia feminista que pueda hacer frente al avance de los movimientos reaccionarios que quieren frenar las políticas de igualdad e incluso eliminar el derecho al voto de las mujeres.
Lo importante es caer en la cuenta que la mentalidad patriarcal y la voluntad imperialista van parejas. Vivimos en un mundo de hombres que enaltece el heroísmo masculino. Por eso mismo Svetlana Alexiévich escribió aquel libro que tituló La guerra no tiene rostro de mujer dondedescubrió una narrativa diferente a las historias bélicas ejemplares con protagonistas masculinos. No cabe duda que en el XXI los líderes políticos siguen siendo fundamentalmente hombres beligerantes que a duras penas escuchan a las mujeres. La ausencia de paridad es evidente. Lo reflejan los datos que se han vertido en las jornadas de Política Exterior Feminista desarrolladas este mes de junio en Madrid. Sólo hay un 27% de mujeres diputadas en todo el mundo y solo un 23% de mujeres ocupan puestos ministeriales internacionales. En este contexto cabe recuperar aquel pacifismo que un siglo antes defendió el movimiento internacional de mujeres y que bien puede ayudar a los hombres a evitar la guerra. Y es en esos términos donde es urgente abrir una profunda reflexión de cara al futuro de la humanidad y de las instituciones democráticas.

Luis García, CC BY-SA 3.0 https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0, via Wikimedia Commons