
La obra de Isabel Oliver (València,1946) se distingue por ser una pintura figurativa con una carga de denuncia social considerable. Por eso su manera de entender el arte se aproximaba mucho a las obras de Estampa Popular, de Kathe Kollwitz o del Equipo Crónica. Ahora bien, con un sello propio y original que la distingue y la hace única. Durante muchos años permaneció en el anonimato entre una generación de historiadores y artistas que no mostraba interés alguno por las reivindicaciones feministas de la pintora. Como artista, destaca por tener un gran dominio de la técnica, algo que no resulta baladí cuando son tantas las ideas que quiere trasmitir en imágenes con la intención de despertar la conciencia del público espectador.
Se trata siempre de un arte comprometido socialmente donde la pintora experimenta el rechazo y la discrepancia a todas las injusticias que se comenten en el mundo, con una especial atención a la violencia normalizada hacia las mujeres que le lleva e a cuestionar visualmente los tópicos e imperativos androcéntricos que existen dentro del sistema del arte y, como hoy, Marián Cao y otras teóricas del arte reclaman[1]. En este sentido, Isabel Oliver ha sido pionera en abrir las puertas al discurso de género en el arte valenciano. Por tal motivo, darle la relevancia que tiene, es tanto una cuestión de justicia como de rigor académico. Y es aquí donde cobra trascendencia la serie Paseos por el Museo (2021-20214) donde la pintora propone revisitar los museos, en concreto aunque no solo el Museo del Prado, para ayudar al público a contemplar otra narrativa visual de la Historia del Arte en Occidente.
La artista se sirve de la mitología griega que tanta importancia tiene en los cimientos culturales de Europa y fija su interés en los cuadros y esculturas que han representado artísticamente los mitos y las leyendas grecorromanas. Es el impulso de querer arrebatarle la libertad a las mujeres, con violencia y engaño, el que cuestiona el arte feminista. De ahí que a este revisionismo artístico se le deba, esa otra forma de mirar, más acorde con los tiempos actuales, donde se denuncia la brutalidad de la violencia naturalizada hacia las mujeres que puede contemplarse en algunas obras de arte. Aun así, costó mucho dar este giro y durante siglos las pinturas mitológicas se han contemplado como una exaltación de vida y fuerza sin reparar en el motivo violento de la hazaña que representan.
A este proceso de desvelar lo oculto en el lienzo, contribuyó la investigación y crítica feminista de las últimas décadas del siglo pasado, articulando un discurso teórico que llega hasta el presente y que es afín a las reivindicaciones y luchas de la agenda feminista actual. En esa línea, Isabel Oliver, con la maestría pictórica que le caracteriza, reinterpreta los cuadros de Rubens, Tiziano, Reni, Durero, Theodor van Thulden o Bernini y los resignifica dándonos otra oportunidad para contemplarlos a la luz de nuestra época. No es casual que la pintora los titule con otro título al que de origen tienen. No lo es porque ese tránsito del rapto a la liberación, con otro título y otra significación, se resume la contemporaneidad de esta serie con la que la artista ofrece la posibilidad de desenmascarar el canon androcéntrico hegemónico del arte.
Esa mirada de conmiseración y empatía hacia las víctimas y de condena hacia los victimarios, supone otra manera de ver y reflexionar sobre aquellas pinturas mitológicas que se pusieron de moda en las cortes europeas en los siglos XVI y XVII. Como bien señala Patricia Mayayo, en aquella época esos cuadros se percibían como una manera de reforzar la autoridad del monarca absoluto, en una comparación entre el dominio del varón sobre la mujer y el gobernante sobre sus súbditos, «estableciendo un paralelismo entre dominio erótico y fortaleza de los monarcas»[2] . No se caía en la cuenta que los captores se imponían por la fuerza y que aquellas escenas no eran más que el reflejo de un paradigma cultural que veía con naturalidad la violencia implícita que conllevan los raptos y secuestros que contravenían la voluntad y ponían en riesgo la vida de las mujeres.
Llegados a este punto y a modo de conclusión, hay que señalar la importancia que tiene saber interpretar la obra artística para poder situarla en las poéticas de la contemporaneidad dentro del marco del devenir de la historia del arte. Esta es la labor primordial de la crítica de arte y, por eso mismo, hay que reconocer que Paseos en el Museo pertenece genuinamente a la poética de la contemporaneidad y encuentra en ella toda su vigencia y actualidad.
Isabel Oliver ha hecho coincidir la pintura con las investigaciones recientes de género y ha propuesto una lectura visual, antagónica a la hegemónica, del carácter dramático y ejemplarizante de algunos mitos de la antigüedad grecorromana. Resulta más que evidente que una obra pictórica o un grabado suyo tienen hoy un gran valor en el contexto del coleccionismo artístico nacional e internacional. En definitiva, la contundencia declarativa de esta original rebelión en el museo merece ser considerada por su gran relevancia artística, por abrir un diálogo especular con los museos y por reivindicar una estética de resiliencia dirigida a dignificar el papel de las mujeres en la historia universal de la cultura.
Ante esto, no cabe duda que Isabel Oliver participa del revisionismo artístico feminista y contribuye a dar un giro epistemológico y estético a la versión que la crítica de arte ha hecho de aquellas pinturas mitológicas. Puede decirse que el valor añadido de la serie Paseos en el Museo, realizada entre los años 2021 y 2024, reside fundamentalmente en su denuncia del canon androcéntrico en la narrativa hegemónica de la Historia del Arte. En otras palabras, la artista hace gala de una brillante capacidad artística e imaginativa para conciliar la sensibilidad estética con el compromiso social de dignificar el rol de las mujeres en la historia de la cultura.
[1] Cao, Marián (2025), Aprender a mirar. Feminismos y prácticas artísticas, Madrid, Cátedra.
[2] Mayayo, Patricia (2024), Historia de mujeres, historia del arte, Madrid, Cátedra, p.150
