CUESTIÓN DE ESTILO

Los periódicos y canales televisivos cuentan con un libro de estilo que marca las normas de comunicación con el público. Un manual de este tipo unifica las formas expresivas y da recomendaciones gramaticales de obligado cumplimiento para redactores y colaboradores. Junto a estas indicaciones se suelen incluir dos preceptos: los rumores no son noticia y los titulares han de responder fielmente al contenido de la noticia. En este contexto hay que valorar tanto lo que se dice como lo que no se dice, lo que se nombra y lo que no se nombra. Es aquí donde se puede leer entre líneas si los medios de comunicación guardan relación con la contemporaneidad o si dan un paso atrás y niegan la evidencia de determinados cambios sociales. En esa línea el discurso lingüístico puede ser fuente de abuso por omisión, falta de conceptualización o uso peyorativo de los términos. Y ya se sabe que el lenguaje no es solo un instrumento más del poder, sino el poder mismo.

Por lo general cada vez que avanzan las conquistas jurídicas de las mujeres se despierta cierta desconfianza y resquemor hacia ellas. Por este motivo, negar un tipo específico de violencia que se ejerce sobre las mujeres por el solo hecho de serlo, supone anular su carácter estructural y volver a considerar los feminicidios y agresiones sexistas como simples casos aislados que no son preocupantes a nivel social. Al respecto Celia Amorós ya sostuvo con perspicacia que «conceptualizar es politizar» y que era necesario hacerlo para pasar de la anécdota a la categoría. Se precisaba un concepto jurídico para desvelar y entender la violencia sistémica normalizada hacia las mujeres como una lacra social, como un problema de Estado y de salud pública. Y esa es la función que cumple el concepto de violencia de género a la hora de tratar su erradicación en los foros de debate político y abordar la transformación de la sociedad.

Todo esto viene a colación porque en estos días se han conocido dos noticias distantes entre sí y no solo en el espacio sino también en lo ideológico. A nivel local se hacía público el comunicado de la plantilla del canal televisivo À punt donde se criticaba el nuevo libro de estilo que debe cumplirse y que elimina toda referencia a la violencia de género e incluso la niega y la deja sin pautas para tratarla informativamente. Por el contrario, a nivel internacional, tuvo lugar en París la cuarta Conferencia de Diplomacias Feministas organizada por el Ministerio de Asuntos Exteriores galo. Esta cumbre reunió a participantes de más de cincuenta Estados, organizaciones multilaterales y de la sociedad civil y de la investigación para el desarrollo de una diplomacia basada en la igualdad de género y los derechos de las mujeres. Fue la ocasión para enfatizar que, en la política exterior de nuestro país, se aplican medidas de protección a las mujeres afganas amenazadas por el régimen talibán, se promueve su participación en plataformas de diálogo político y se prestan servicios, a través de la red de consulados y embajadas, a mujeres españolas que sufren violencia machista en el extranjero.

Dos formas de hacer política, dos estilos. Una da la espalda a una realidad social trágica y dolorosa, otra la aborda institucionalmente. En el primer caso se reproduce la práctica sexista de hacer callar a las mujeres y de no darles credibilidad para que sean los hombres quienes únicamente expliquen la complejidad del mundo. En el segundo caso, se habla de igualdad, de feminismo y de violencia de género. A tales conceptos se les da carta de presentación en el discurso político por ser básicos para comprender el entramado social contemporáneo y porque «aquello que no se nombra no existe». En suma, tanto lo que se dice como lo que se deja de decir componen una forma de expresarse que se conoce como “estilo” y con el que se puede identificar al hablante ya que, como dejó escrito Leclerc de Buffon, «el estilo es el hombre mismo». Y digo yo que en estos tiempos de confusión habrá que recordarlo y tenerlo en cuenta.

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