Artículo publicado en el LEVANTE – EMV el 24 de julio de 2026

Jan Ainali, CC BY 3.0 via Wikimedia Commons
A veces la actualidad semeja ser un flashback argumental de alguna película del pasado. Esa impresión es la que queda cuando se escucha o se lee que ciertos movimientos ultraconservadores quieren prohibir el derecho al voto de las mujeres. Volver al tutelaje de las esposas por parte de sus maridos para que éstos las representen y decidan por ellas, resulta cuanto menos anacrónico en las sociedades democráticas de hoy. Lo cierto es que estas ideas provienen de un grupo de mujeres blancas, por lo general estadounidenses, que se dedican a idealizar la vida de las esposas de los años cincuenta, aquellas que precisamente inspiraron a Betty Friedan para escribir La mística de la feminidad (1963) y hablar del “malestar del que no tiene nombre” en alusión a la insatisfacción crónica que experimentan las mujeres al verse limitadas al ámbito doméstico y a la procreación y al cuidado de la prole. Por eso mismo, defender en pleno siglo XXI la sumisión al varón recuperando el mandato del Génesis y citando referencias bíblicas, deja un regusto trasnochado que atenta contra la autodeterminación moral y autonomía personal de las mujeres.
Este movimiento, cuya cara visible es Erika Kirk, contiene un trasfondo político acorde con la ola del neoliberalismo y neoconservadurismo ultra que se extiende a varios países. No hay que pasar por alto que venga de Norteamérica cuando el sufragismo norteamericano fue cronológicamente anterior al británico y tuvo como documento fundacional la Declaración de sentimientos aprobada en la Convención de Seneca Falls en 1848. Poco después, en 1851, el sufragismo británico tendría su impulso en un acto público que un grupo de mujeres celebraron en Sheffiield. De estos dos movimientos fueron figuras destacadas Lucretia Mott, Sojourner Truth, Emmeline Pankurs o Emily Davison, entre otras más. Con determinación y valentía lucharon contra la esclavitud y defendieron el derecho de la mujer al voto. Con estos precedentes el despropósito de reclamar un voto por hogar y familia cuando la mujer esté casada, no sólo deja de manifiesto la ignorancia de la propia historia, sino que ejemplifica lo que ha venido a llamarse “backlash patriarcal” que difundió la periodista Susan Faludi en su libro “Backlash: la reacción ultra contra el avance del feminismo (1991).
Los sucesos recientes le dan la razón a Faludi. Su análisis fue certero al anunciar una guerra cultural de rechazo a cada adelanto del movimiento feminista en su lucha por la igualdad de oportunidades, reconocimiento y trato. Es el avance del feminismo el que molesta y el que se quiere frenar. Pero, además, a parte del peligro que supone volver al encierro doméstico y a la dependencia del esposo por ser la antesala a la violencia machista, esta vuelta a la domesticidad contiene una trampa vinculada con la instrucción que tendrían que recibir las mujeres. Y es que el riesgo de regresión aumenta cuando se vislumbra nostalgia por un tipo de formación que sea doma por exigir sobre todo obediencia y sumisión. Lo traigo a colación porque la educación y el voto de las mujeres, derechos que se consideraban consolidados en las sociedades democráticas, han empezado a debatirse. Lo llamemos flashback, dejà vu o retorno del ayer, lo cierto es que poca broma cabe y que no hay que dejar de estar en alerta.