LUZ DE GAS

Artículo publicado en el LEVANTE -EMV el 22 de febrero de 2022

Ingrid Bergman en la película Gaslight (1944)

En la primera mitad del siglo pasado la obra de teatro Gas Light, escrita  por Patrick Hamilton, alcanzó tanta  popularidad  que pronto fue recreada en cine. De tal modo que durante mucho tiempo este término se identificó con el título de la película que en 1944 dirigió  George Cukor y  que protagonizaron  Gharles Boyer, Ingrid Bergman, Angela Lansbury y Joseph Cotten. La trama reúne a unos recién casados que se mudan a una casa antigua que ha heredado la esposa. En este marco un tanto lúgubre, el marido intenta hacer creer a su mujer que se está volviendo loca con estratagemas diversas como esconder las cosas, simular  ruidos o bajar la intensidad de la luz. Por suerte, un inspector  de policía  que le sigue la pista por sospechar que ha asesinado a su anterior mujer,  logra detenerle y salvar así la vida de su nueva esposa. Si cuento todo  esto es porque la semana pasada el periódico informaba que un acosador machista de 21 años había sido detenido por  agentes de la Policía Local de València del grupo GAMA (Grupo de Atención al Maltrato) especializado en violencia de género. El motivo de la detención fue el acoso que vertía sobre su ex pareja en el trabajo y en su centro de estudios, persiguiéndola por la calle y utilizando el móvil y las redes sociales. La joven, también de 21 años, narró el  maltrato que  sufrió  al poco de comenzar a salir juntos. Contó que el acosador le hacía creer que tenía mermadas sus capacidades mentales y  que acabaría loca.  En otras palabras, la  noticia se hizo eco del gasligthing que  había sufrido  y que había hecho que varias veces tuviera que  acudir a urgencias presa de un ataque de ansiedad y de pánico.

Este ejemplo, sacado ya de la realidad y no del cine,  puede enseñarnos que “hacer luz de gas” para desestabilizar la percepción de la acosada, impulsándole a dudar de su propia memoria,  es una  práctica habitual de la violencia de pareja que sufren las mujeres. Para ello,  el acosador no crea una realidad  ficticia nueva, sino que distorsiona los hechos acaecidos en el pasado con el fin de instaurar la mentira de manera creíble en su discurso. En ocasiones puede manipular los objetos y cambiarlos de lugar, pero el gasligthing se detecta  sobre todo en la forma  de expresarse  del acosador. En primer lugar,  realiza  una serie de insinuaciones sobre lo sucedido para hacerle creer a la víctima que no lo recuerda bien o incluso que lo ha olvidado. Si ella le rebate, el acosador refuerza su discurso con la táctica de ir a preguntar a quienes pueden corroborar su testimonio y así deja la duda instaurada en su pareja que, con la sensación de estar perdiendo la cordura, acaba por pensar que quizás las cosas  hayan ocurrido tal como él dice.  En segundo lugar, el maltratador reestructura un poco más el pasado vertiendo la culpa de lo ocurrido en la propia acosada. Finalmente, se autodetermina como tutor de un sujeto femenino que es  inestable y que necesita control y  custodia. Toda esta violencia psicológica y verbal se agudiza cuando la mujer expresa el deseo de separarse. De este modo, tras la ruptura,  el acoso se hace más transversal y más continuo. De ahí que sea tan importante saber acabar bien por ambas partes cuando una relación ya no dé más de sí. 

De hecho, el maltrato a la mujer por su pareja es la forma más común de violencia contra las mujeres y suele acompañarse de abuso emocional y de conductas de control.  Por este motivo, sería realmente una revolución si aprendiéramos a querernos y a tratarnos bien desde la escuela. En esa línea se ha pronunciado a menudo Charo Altable Vicario,  experta en coeducación y educación sentimental para adolescentes, conocida por sus obras Penélope o las trampas del amor (1998) y Los senderos de Ariadna (2010). Y hace poco, en un programa televisivo, lo recordaba también  la escritora feminista Coral Herrera Gómez que dirige,  desde su fundación en 2015, el Laboratorio del Amor donde  enseña a  las mujeres  a  no sufrir por amor y  a los hombres a no hacer sufrir por amor.  La clave estaría en aprender a no hacernos mal ni al principio ni al final de una relación.  Baste recordar que el maltrato entre adolescentes ha ido en aumento y que solo  hace unas semanas un joven de 19 años asesinaba en Totana (Murcia) a una menor de 17 años al no aceptar que ella quisiera acabar la relación.  En mi opinión, dedicar tiempo y espacio escolar a la educación afectivo  sentimental es  cada vez más urgente. En asuntos de crecimiento personal y de bienestar social,  hay que aminorar el ritmo frenético  no preocuparse necesariamente por ser productivos, y aprender a  tolerar la frustración, a respetar decisiones,  a escuchar y  a cuidarse mutuamente.  Pero, sobre todo, estas habilidades no tendrían que ser infravaloradas por  considerar que quitan tiempo para completar el currículo de aula porque, aún así,  muchas veces perder tiempo es ganarlo.